lunes, 21 de enero de 2008

AGUAS TURBIAS

Probablemente los hechos ocurrieron de madrugada -pensó-. Era uno de esos días de pleno agosto en los que el Sol hacía justicia sobre todo tipo de ser vivo. Apenas se escuchaba ruido por las calles del pueblo, era mediodía y tan sólo la presencia de unos críos dándole al balón era toda cuanta presencia se percataba y escuchaba. Pero Justino Sánchez fue ,como cada día, andando del pueblo a su pequeño campo donde cultivaba cuatro hortalizas para sobrevivir y así pasaba el rato, pensaba. Apenas se cruzó con nadie en la casi hora y cuarto que hay para cruzar el pueblo andando hasta su pequeña granja. Ni tan sólo la presencia de la panadera le inquietó, Justino cabizbajo ni se percató de ella. Andaba siempre con la mirada fija en el suelo. Medio curvado, y con los pantalones ataviados con una pequeña cuerda, llegó así a su pequeño refugio -que le llamaba él-. Allí guardaba cacharros antiguos y herramientas para labrar la tierra, cajas amontonadas, apiladas una encima de la otra como si les fuera la vida en ello. Lo primero que hizo fue quitarse la camisa y refrescarse con la manguera. Luego cogió una especie de guadaña pequeña que utilizaba primero para quitar los hierbajos que tan rápido crecían e impedían hacer fértil la tierra. Bajo aquel Sol acechante, Justino se puso manos a la obra, hasta que no hubo pasado una hora, cuando vió algo raro detrás de aquel montículo de tierra. Lo tenía a unos metros, pero el sudor le cegaba los ojos. Algo ya cansado, decidió acercarse y apretó la pequeña herramienta fuerte entre sus manos por si era un conejo o alguna especie de animalejo. No fue cuando lo tuvo delante cuando se percató de lo que realmente era. Una mano humana ,con los dedos entreabiertos y blancos, muy blancos. Justino empezó a sudar más; no podía ni pensar, se quedó mudo, sin hacer nada durante unos largos minutos. Fue como si se hubiera detenido el tiempo. Rápidamente se le apoderó el pánico en el cuerpo. Se quedó mirando fijamente las uñas de esa mano. Una de ellas estaba rota y las demás cubiertas de tierra. Pensó en llamar a la policía, pero en ese instante estaba tan confuso que pensó que podrían inculparle de ese posible crimen. Ni tan siquiera sabía si era mujer, hombre, niño, niña, o si podían ocultarse más de una persona bajo esas tierras. Y es que Justino tenía la fama en el pueblo de introvertido y tipo extraño, arisco que no se relacionaba apenas con nadie. Vivía sólo desde que su mujer murió a causa de un cáncer de hígado.....

d.